Sugar Daddy Bilbao: un paseo por el museo

Evidentemente, esta historia me la estoy inventando. Y tú me dirás: pero tronco, vale que te la inventes, pero no lo digas abiertamente, ¿no? Bueno, digamos que es una historia real 😉 y así todos contentos. Es la historia de un Sugar Daddy en Bilbao que queda con una chica sugar para ir a pasear por el Guggenheim.

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Sí pues… viene alguien con una porra

Culturizarse es más fácil con compañía

No tengo ni la más remota idea de arte. Cero pelotero. Ni expresionismo, ni época victoriana, ni nada. Lo siento, pero es la verdad. Eso sí, me encanta ver cuadros, fíjate. Creo que el mundo del arte se equivoca cuando intenta ensalzar demasiado determinados movimientos. Nos echa para atrás a los que no sabemos nada del tema y que disfrutamos igualmente.

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Así que ahí vamos el Sugar Daddy de Bilbao y mi joven compañera a ver si el museo nos sorprende. El exterior me encanta, con esa forma de barco, esas líneas curvas y esas figuras ideales para hacerse un selfie -la arañita, el perrito, etc.-. No vimos ningún puesto de perritos calientes, como en Toronto. Ya tenía hambre.

Estuvimos viendo cuadros y bueno, al principio estaba entretenido. Era como ver el Instagram, pero con fotos de hace muchos años y sin me gustas ni comentarios. Eso era un poco rollo, porque faltaba el salseo. «Me gustaría ponerle un me gusta a ese cuadro» pensé, «y retuitear ese otro» pero, cuando saqué el móvil, me llamaron la atención.

Chica guapa y Sugar Daddy en Bilbao se pasan a las esculturas

Pasamos a una sala muy amplia donde había esculturas. Yo me puse a hacer el tonto, fingiendo que era una estatua para ver si mi compañera intelectual se reía. Pero nada. Bueno, ¿sabes la típica estatua donde le puedes ver el pito al tipo que aparece representado? Pues había una. La chica la estuvo mirando con interés, midiendo y sopesando su longitud y me dijo que no era demasiado grande. Yo es que, además de en los vídeos guarretes, no he visto demasiadas.

De repente, ella me miró la entrepierna. «Es por comparar» dijo, y se echó a reír. Menos mal que no había nadie en la sala, porque me puse al lado de la estatua imitando su posición y le dije: «saca tus conclusiones» y los dos reímos. Mi banana era más bien un cacahuete, así que poco tenía que destacar. Ella se rio otra vez, se dio la vuelta y siguió caminando hacia el final de la sala.

Una historia para pintar un cuadro

Al final de la sala, ella me dijo de forma cortante: «¿lo has hecho alguna vez en un museo?» y los dos empezamos a reír por el atrevimiento. Miramos a nuestro alrededor y no había nadie. Lo evidente sucedió y acabamos gimiendo en el suelo del museo -que estaba helado- y sobre nuestra propia ropa.

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Apareció una mujer de seguridad con su porra, sus esposas y toda la parafernalia. Yo pensaba que se iba a apuntar a la fiesta, ya que soy muy liberal en la cama y no me importa algo de caña de vez en cuando. Pero no, no venía a eso sino a atizarnos y echarnos del lugar, así que cogimos la ropa y salimos pitando 👮‍♀️

A los pocos meses, leí en la prensa que el museo había comprado un cuadro. Era una imagen general del exterior del Guggenheim, pero se distinguían perfectamente a dos personas desnudas saliendo por una de las puertas laterales. Éramos nosotros. El cuadro se llamaba Sugar Daddy de Bilbao y joven bilbaína huyen desnudos.

¿Qué te parece la historia del Sugar Daddy de Bilbao en el museo? Está bien, ¿no? 😆

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